Escritos sobre San Maximiliano

Escritos sobre la figura y la obra de San Maximilano Kolbe

Dar la vida como Cristo y San Maximiliano Kolbe: a propósito de una pretendida “eutanasia” evangélica (y III)

(Continuación de la primera y segunda entrega de este artículo).

3. San Maximiliano, mártir de la Caridad y Patrono particular de nuestros tiempos difíciles

Kolbe faz

“Por alusiones”, consiguientemente, nos hemos visto forzados a reaccionar y polemizar con el autor del artículo que pretende equiparar moralmente la ofrenda que hicieron Cristo y San Maximiliano de sus vidas con la “opción” de una persona que decide voluntaria y conscientemente poner fin a su propia vida. Como es sabido, San Maximiliano -junto con sus seis compañeros franciscanos conventuales- fundó en 1917 la Milicia de la Inmaculada para “conquistar para la Inmaculada el mundo entero y todas las almas que existen y que existirán hasta el fin del mundo”[1]. Esa “conquista” del mundo para la Inmaculada, que es la extensión del Reino de Cristo y de su Iglesia, debe perseguirse por todos los medios legítimos, mediante la propia conversión, así como la de los alejados de la Iglesia, especialmente aquellos que la combaten más explícitamente (incluyendo su Magisterio); y la santificación de todos bajo el patrocinio de la Bienaventurada Virgen María Inmaculada[2]. Ese amor por el bien de las almas, avivado por la intimísima y gozosa contemplación de la belleza de la Inmaculada, la primera redimida y madre de los creyentes, animó su celo misionero y una abnegada actividad apostólica. En una de sus últimas cartas, mandada desde la cárcel de Pawiak en Varsovia y poco antes de ser trasladado a Auschwitz (12.05.1941), escribía San Maximiliano: “dejémonos conducir cada vez más perfectamente por la Inmaculada, adónde Ella quiera llevarnos y cómo Ella quiera, para que, cumpliendo bien nuestros deberes, contribuyamos a que todas las almas sean conquistadas por su amor”[3].

Kolbe Auschwitz animated

Allí, en Auschwitz, aquel 29 de julio de 1941, en represalia por la huida de un preso de su bloque (el 14), Zygmunt Pilawski, el comandante del Lager, Karl Fritzsch, eligió a otros diez presos, condenándolos a morir de hambre y sed en una celda del Bloque 11, mientras no fuera cazado el preso fugado. La escena es conocidísima. Uno de los condenados elegidos, el sargento polaco Franciszek Gajowniczek, se derrumbó, lamentando dejar huérfanos a sus hijos y viuda a su mujer. En ese momento, inesperadamente, el Padre Kolbe rompió filas y dirigiéndose al Lagerführer, solicitó intercambiarse por Gajowniczek. Esgrimió su condición de “sacerdote católico polaco” y su avanzada edad (aunque en realidad no había cumplido los 48). El comandante nazi, sorprendentemente, accedió a la insólita petición de nuestro fraile. Pero el acto heroico de San Maximiliano no sólo consistió en un gesto de caridad extrema hacia el desconsolado sargento polaco, sino en un acto sacerdotal sublime: descender a los infiernos más temibles de Auschwitz para acompañar y participar en la agonía de los otros condenados al suplicio.

De la relación en el proceso de canonización de San Maximiliano vertida por el preso Bruno Borgowiec, de nacionalidad polaca, que desempeñaba labores de administración en el campo de concentración alemán y debía cada día vaciar el cubo de excrementos de la celda (normalmente seco, porque los presos terminaban bebiéndose su propia orina) podemos leer que tras ser desnudados del todo, los presos fueron encerrados en la oscura y claustrofóbica celda. Los guardias, al cerrar la puerta, les gritaron: “os secaréis como tulipanes”.

Sin embargo, si hasta entonces lo que salía de aquellas horrorosas celdas tan solo eran lamentos de desesperación y gritos renegados, en esta ocasión, de la celda donde se encontraban San Maximiliano y sus compañeros presos únicamente se oían oraciones recitadas en alto, el Rosario y cantos religiosos, a los cuales se unían los presos de otras celdas. Durante aquellos larguísimos días de ejecución dilatada, las cálidas oraciones y los himnos a la Santísima Virgen se difundían por el subterráneo del bloque. El P. Maximiliano Kolbe comenzaba las plegarias o entonaba los cantos y el resto le seguía. Maximiliano Kolbe se comportó heroicamente, de modo sobrenatural, nada pedía y no se lamentaba, antes bien, daba aliento a los demás. Paulatinamente, dada su debilidad, las voces de los presos se fueron haciendo más flojas. Durante cada visita –sigue su narración Bruno Borgowiec- veía al P. Kolbe de pie o arrodillado en medio de la celda, mirando serenamente a quien entraba. Los guardias conocían su acto de ofrenda, sabían que todos los que estaban allí hacinados morían inocentemente; por esto, respetando al Franciscano, se decían: “este sacerdote es ciertamente un hombre bueno; no habíamos tenido a nadie así hasta ahora”.

San Maximiliano sobrevivió a la mayoría de sus compañeros de celda. Como la agonía de Kolbe y los últimos tres presos se alargaba, las autoridades del campo decidieron “abreviarles” el castigo: necesitaban la celda para albergar a nuevas víctimas. El 14 de agosto de 1941, pasado el mediodía, un esbirro alemán, Bloch, entró en la celda para inyectarles ácido a los sobrevivientes. San Maximiliano, musitando una oración en los labios y anticipándose al verdugo, extendió su brazo izquierdo. Aquí Borgowiec no aguantó y salió de la celda. Al volver, se encontró a San Maximiliano sentado, apoyado en la pared, con los ojos abiertos, fijos en un punto, y la cabeza inclinada hacia la izquierda (su posición habitual). Su cara serena y bella estaba radiante. Así falleció el mártir, el ángel de la caridad de Auschwitz, habiendo dado la vida, su vida y ello sin perjuicio de la responsabilidad criminal de sus verdugos, a los que con toda seguridad había perdonado.

Kolbe inyecc

Desde entonces, su luz iluminó y sigue brillando en las oscuras tinieblas de aquel campo de concentración.

Instantes después, Borgowiec y otro preso (Maximiliano Chlebik), bajo la atenta vigilancia de los agentes de las SS, llevaron el cadáver del Padre Kolbe a la sala de lavado. Al día siguiente, fiesta de la Asunción y 15 de agosto de 1941, unos presos transportaron el cadáver de San Maximiliano en una caja de madera al crematorio cercano. Una vez incinerado su cadáver, sus cenizas fueron esparcidas por los campos vecinos. La sepultura era el último honor que los nazis podían negar a sus víctimas; cuyo recuerdo debía erradicarse de la historia según sus verdugos. Los restos de Kolbe fueron incinerados, como postrer holocausto, y pulverizados por la Inmaculada, esparciendo el viento sus cenizas por el mundo entero.

Kolbe Kolodzej

Si volvemos a la homilía con motivo de la citada canonización que citamos al comienzo de esta serie, San Juan Pablo II dispuso que San Maximiliano María Kolbe fuera venerado en adelante también como "mártir”, mártir de la caridad (San Pablo VI había beatificado el 17 de octubre de 1971 al P. Kolbe como “confesor de la fe”[4]). Con todo, a este respecto, hace un par de años, el Papa Francisco, mediante la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio “Maiorem hac dilectionem” de 11.07.2017, introdujo el ofrecimiento de vida como un nuevo caso del iter de beatificación y canonización, distinto del caso de martirio y de heroicidad de las virtudes[5].

En el siglo xx fue la Alemania nacionalsocialista la que introdujo la eutanasia legal (el famoso Projekt Aktion T4), destinada a eliminar principalmente a personas con deficiencias mentales o físicas. En aquel momento, no se hablaba todavía de una “eutanasia voluntaria”, pero el criterio de la vida que merecía ser vivida y el modelo del Übermensch –en el caso de los ciudadanos alemanes, la raza superior- se supeditaba a consideraciones de utilidad y eugenesia, y no al fundamental valor de la dignidad intrínseca e irremplazable de cada ser humano. Esa eutanasia se cobró unas 250.000 víctimas, consideradas “indignas” para vivir. Huelga decir que el suicidio fue también una práctica muy extendida en el III Reich (el mismo Adolf Hitler se quitó la vida al final de la II Guerra Mundial).

La eutanasia actual se asemeja materialmente a la propugnada por el nazismo, difiriendo formalmente en la supuesta voluntariedad de la misma, acaso porque en nuestros tiempos la eutanasia la quieren justificar por cuanto el enfermo, consciente y capaz, manifiesta libre y espontáneamente su deseo de morir. Negamos, en todo caso y por lo ya expuesto anteriormente, la exigibilidad de semejante “consentimiento informado” frente a terceros, aunque esta voluntad resultara ser “capaz, libre y consciente”. Y es que afirmamos, con la Evangelium Vitae, que la eutanasia voluntaria -en cuanto suicidio- es moralmente reprobable, ya que: “el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general. En su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte”[6]. Y la cooperación necesaria con la eutanasia: “significa hacerse colaborador, y algunas veces autor en primera persona, de una injusticia que nunca tiene justificación, ni siquiera cuando es solicitada”[7].

Pero, nos preguntamos, ¿qué ocurrirá si el paciente estuviere afectado por un ánimo depresivo o que condicionare dicha voluntariedad? ¿O si el paciente que reclama la eutanasia fuere menor de edad o un discapacitado físico o psíquico, en contra de la voluntad de sus padres o tutores? ¿O cuando fueren los padres o los tutores los que reclamen la eutanasia de un menor o de un discapacitado, con o contra su voluntad? Lamentablemente, en los últimos años hemos presenciado atónitos en Europa demasiados supuestos de eutanasia legal o legalizada por la vía de los hechos consumados en esos casos mediante resoluciones judiciales, dictadas incluso en contra de las decisiones de los familiares.

San Maximiliano murió –fue asesinado- por una inyección de fenol: podríamos aventurarnos a decir que fue una de las primeras “víctimas” de la eutanasia moderna. En una de sus primeras alocuciones, el 5 de noviembre de 1978 en Asís, San Juan Pablo II llamó a Maximiliano Kolbe como “Patrono particular de nuestros tiempos difíciles”. En las litterae decretales por las que se disponía su inscripción en el libro de los santos, San Juan Pablo II declaraba a su compatriota franciscano como “patronum horum temporum”[8]. Ciertamente, San Maximiliano ostenta los más variados patronatos: incluso hay quien propone que sea declarado patrón de los “start-ups” por su capacidad emprendedora; o patrón y defensor de la familia, ya que dio la vida por un padre de familia. Si San José es el patrón de la buena muerte, nosotros, desde aquí, le pedimos humildemente a la Iglesia que declare a San Maximiliano Kolbe patrón contra la eutanasia, esa lacra de la anticultura de la muerte, promovida insistentemente por poderosos medios de comunicación, y cuya pérfida mentalidad nos invade, infiltrándose incluso en ámbitos pretendidamente eclesiales.

Nuestra Milicia de la Inmaculada promueve la iniciativa de los Caballeros al Pie de la Cruz, es decir, la actividad de aquellos miembros (mílites) que se encuentran en el lecho del dolor, enfermos o impedidos para ejercer sus actividades ordinarias o para un apostolado “externo”, pero que, consagrados a la Inmaculada sin límites, ofrecen paciente y amorosamente sus sufrimientos para la consecución de los fines constitutivos de la Milicia que, en realidad, son los mismos de la Iglesia, como no podía ser de otro modo. Se trata de la vanguardia, la avanzadilla más eficaz de nuestra asociación, que lucha para no desvirtuar la Cruz de Cristo (cf. 1 Cor 1,17). No se amoldan a este mundo (cf. Rom 12,2). Estos mílites se unen en ello a María, la Dolorosa, que estaba junto a la Cruz y que por el sufrimiento oblativo de su Corazón inmaculado, el corazón traspasado de la Madre del Crucificado, adquirió el título de “Corredentora”. Por ello destacaba el Concilio Vaticano II que en su peregrinación de la fe, María “mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: «Mujer, he ahí a tu hijo»”[9]. Por el contrario, pretender sobrellevar nuestras cruces con nuestras propias fuerzas y sin la gracia es una peligrosa y vana ilusión, ya que sin esa gracia la Cruz siempre nos terminará aplastando. En cambio, nosotros sabemos que en el sufrimiento, aunque sea extremo e insoportable, nunca nos faltará la gracia divina para arrostrarlo y, es más, ofrecerlo con gozo interior. Y es que la gracia es un don que Dios está deseando concedernos y –de hecho, concede a todos- pero que también, por ser algo inmerecido, desde nuestra pequeñez debemos pedir, acoger y agradecer humildemente. Esa es la gracia que María, como mediadora universal y salus infirmorum, nos concede tan maternalmente.

 

Dr. Miquel Bordas Prószynski
Vicepresidente del Centro Internacional de la Milicia de la Inmaculada
Presidente del Centro Nacional en España de la Milicia de la Inmaculada

 

Koronas

[1] Cf. EK 137.

[2] En este sentido, cf. EK 21.

[3] Cf. EK 960.

[4] Poco antes de su beatificación, el padre franciscano Joachim Roman Bar analizó, a partir de los testimonios de los hechos, la muerte de San Maximiliano en el artículo publicado en 1968 bajo el título “Śmierć O. Maksymiliana Kolbe w świetle prawa kanonicznego” [(La muerte del P. Maximiliano Kolbe a la luz del Derecho canónico) cf. Prawo Kanoniczne : kwartalnik prawno-historyczny 11/3-4, 81-154)].

[5] “Son dignos de consideración y honor especial aquellos cristianos que, siguiendo más de cerca los pasos y las enseñanzas del Señor Jesús, han ofrecido voluntaria y libremente su vida por los demás y perseverado hasta la muerte en este propósito. Es cierto que el ofrecimiento heroico de la vida, sugerido y sostenido por la caridad, expresa una imitación verdadera, completa y ejemplar de Cristo y, por tanto, es merecedor de la admiración que la comunidad de los fieles suele reservar a los que han aceptado voluntariamente el martirio de sangre o han ejercido heroicamente las virtudes cristianas”. Unos días antes, el Papa Francisco, en la audiencia general del 28 de junio de 2017, identificó el martirio –el testimonio- con la fidelidad a Jesús: «esta fidelidad al estilo de Jesús —que es un estilo de esperanza— hasta la muerte, será llamada por los primeros cristianos con un nombre bellísimo: “martirio”, que significa “testimonio”. Había muchas otras posibilidades, ofrecidas por el vocabulario: se podía llamar heroísmo, abnegación, sacrificio de sí. Y en cambio los cristianos de la primera hora lo llamaron con un nombre que perfuma de discipulado. Los mártires no viven para sí, no combaten para afirmar las propias ideas, y aceptan tener que morir solo por fidelidad al Evangelio. El martirio no es ni siquiera el ideal supremo de la vida cristiana porque por encima de ello está la caridad, es decir, el amor hacia Dios y hacia el prójimo. Lo dice muy bien el apóstol Pablo en el himno a la caridad, entendida como el amor hacia Dios y hacia el prójimo. Lo dice muy bien Pablo en el himno a la caridad: «Aunque partiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha» (1 Corintios 13, 3). Repugna a los cristianos la idea de que los terroristas suicidas puedan ser llamados “mártires”: no hay nada en su fin que pueda acercarse a la actitud de los hijos de Dios. A veces, leyendo las historias de los muchos mártires de ayer y de hoy —que son más numerosos que los mártires de los primeros tiempos—, permanecemos estupefactos ante la fortaleza con la cual han afrontado la prueba. Esta fortaleza es el signo de la gran esperanza que les animaba: la esperanza cierta de que nada ni nadie les podía separar del amor de Dios que nos ha sido donado en Jesucristo (cf. 8, 38-39). Que Dios nos done siempre la fortaleza de ser sus testigos. Nos done el vivir la esperanza cristiana sobre todo en el martirio escondido de hacer el bien y con amor nuestros deberes de cada día».

[6] Nº 66.

[7] Ibíd.

[8] Cf. Acta Apostolicae Sedis - Commentarium Officiale, An. et Vol. LXXVI, 4 Ianuarii 1984, nº 1, p. 6.

[9] Cf. Lumen Gentium, nº 58.

Dar la vida como Cristo y San Maximiliano Kolbe: a propósito de una pretendida “eutanasia” evangélica (II)

(Continuación de la primera entrega de este artículo).

2. La tentación de la eutanasia

Kolbe confesando

La vida, cualquier vida humana, es un don de Dios. Por ello, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: “Él sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras almas. Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella”[1]. La vigencia de la norma moral, además, anclada en la ley natural, no depende de la voluntad o discrecionalidad del sujeto sino que debe guiar la libre conducta humana, sin perjuicio de que pueda haber circunstancias o condiciones que atenúen –o agraven- la correspondiente responsabilidad de tal sujeto por sus actos. En este sentido, “cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable”[2]. Se concluye, por tanto, que “una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador”[3]. Es obvio, por otro lado, que la reprobación de la eutanasia no legitima el “encarnizamiento terapéutico” y que los cuidados paliativos deben ser alentados.

A comienzos del pasado mes de septiembre, el Papa Francisco, dirigiéndose a los miembros de la Asociación Italiana de Oncología Médica levantaba su voz por estos nuevos descartados, potenciales víctimas de la mentalidad eutanasista que por desgracia se va extendiendo en nuestros tiempos y abogaba por la verdadera civilización del amor y de la vida: “la tecnología no está al servicio del hombre cuando lo reduce a cosa, cuando distingue entre el que todavía es acreedor de cuidados y el que no, porque se le considera solamente una carga ―y a veces un descarte―. La práctica de la eutanasia, que ya es legal en varios estados, solo aparentemente busca alentar la libertad personal; en realidad se basa en una visión utilitaria de la persona, que se vuelve inútil o puede equipararse a un costo, si desde el punto de vista médico no tiene esperanza de mejorar o ya no puede evitar el dolor. Por el contrario, el compromiso de acompañar al paciente y a sus seres queridos en todas las etapas de la enfermedad tratando de aliviar su sufrimiento mediante paliación u ofreciendo un ambiente familiar en los hospicios, que son cada vez más numerosos, contribuye a crear cultura y prácticas más atentas al valor de cada persona”[4]. Y advertía el Santo Padre: “si se elige la muerte, los problemas se resuelven en cierto sentido; ¡pero cuánta amargura hay detrás de este razonamiento y qué rechazo de la esperanza implica la opción de renunciar a todo y romper todos los lazos! A veces estamos en una suerte de vaso de Pandora: todo se sabe, todo se explica, todo se resuelve, pero ha quedado escondido solamente algo: la esperanza. Y también tenemos que buscarla. Cómo traducir la esperanza, es más, cómo darla en los casos límites”.

Sobre esta misma cuestión, un par de semanas después, en un discurso dirigido a la Federación italiana de los Colegios de Médicos[5], el Pontífice actual insistía en que la medicina, por definición, es un servicio a la vida humana y, como tal, implica una referencia esencial e indispensable a la persona en su integridad espiritual y material, en su dimensión individual y social: la medicina debe estar al servicio de todo el hombre, de cada hombre. En este contexto, según el Santo Padre, el paciente ha de ser acompañado con conciencia, inteligencia y corazón, especialmente en las situaciones más graves. Aseveraba el Papa a los médicos italianos que, con esta actitud, “se puede y se debe rechazar la tentación -inducida también por cambios legislativos- de utilizar la medicina para apoyar una posible voluntad de morir del paciente, proporcionando ayuda al suicidio o causando directamente su muerte por eutanasia”. Estas tentaciones, el recurso a la eutanasia o al suicidio asistido, para el Papa reinante, “son formas apresuradas de tratar opciones que no son, como podría parecer, una expresión de la libertad de la persona, cuando incluyen el descarte del enfermo como una posibilidad, o la falsa compasión frente a la petición de que se le ayude a anticipar la muerte”. En efecto, como nos recordaba la Evangelium Vitae, la verdadera “compasión” nos hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. Más que piedad compasiva, en este caso sería una perversión de la misma.

Por su parte, el autor del artículo que replicamos y que ciertamente no soporta la sana doctrina (cf. 2 Tm 4, 3) reconoce que su desafío al Magisterio provocará “repelús”. ¡Y cómo no lo va a provocar si raya lo blasfemo, al pervertir la fe y querer confundir al Pueblo de Dios! Se burla, además, del valor del sufrimiento hecho oración, ofrecido por amor, así como de la condición reparadora de la resignación cristiana, porque no le cabe en la cabeza un Dios, Padre bueno, que haga sufrir a sus hijos. Es en el fondo la recurrente pregunta mal planteada y, por tanto, mal respondida por el autor sobre el sentido del sufrimiento, así como la tendencia, tan humana, de huir de la Cruz que abrazó Nuestro Señor por todos nosotros. Obviamente la psicología nos enseñará que el sufrimiento debe tener sentido, el sufrir sin más no nos da ese sentido. Efectivamente, San Pablo se refería a completar en su carne lo que les falta a los padecimientos de Cristo (cf. Col 1, 24). Naturalmente, no se trata de una visión estoica o fatalista ante el misterio del sufrimiento humano. Según el ejemplo del Buen Samaritano, el cristiano está llamado a ofrecer una respuesta caritativa y comprometida ante los distintos sufrimientos y dolencias de los hombres. Como recuerda la carta apostólica Salvifici Doloris de San Juan Pablo II, la historia de la Iglesia ha visto nacer numerosísimas iniciativas y organizaciones, cuyo objeto o carisma es asistir a los enfermos y necesitados. Frente a la eutanasia, por ejemplo, nos queda mucho por explorar del campo de los citados cuidados paliativos. Sin embargo, el autor viene a cuestionar y exigir la alteración de toda la Tradición inmutable de nuestra Santa Madre Iglesia, para convertirla, en suma, en una religión mundanizada y antropocéntrica de la inmanencia, al servicio de un mero bienestar físico y anímico, sin esperanza sobrenatural y negando la dimensión salvífica del sufrimiento ofrecido (recordemos que la Iglesia, entre otras acepciones, siempre ha celebrado la Eucaristía como el santo sacrificio del altar).

Nuestro autor, en su afán por deconstruir los fundamentos doctrinales de nuestra fe, ¡aduce el Evangelio contra el mismo Evangelio! En ello sigue a aquellos compatriotas de Jesús que le entregaron a Pilatos. “¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando dice la mentira, habla de lo suyo porque es mentiroso y padre de la mentira” (cf. Jn 8, 43-44). La mentira, aquí y siempre, debe ser denunciada. Nosotros no creemos que la libertad de expresión pueda amparar esta apología de una forma tan sutil de homicidio, especialmente de los más débiles -crimen y pecado gravísimo- y le pedimos a la Inmaculada que toque el corazón y la inteligencia del autor, para que reconsidere sus planteamientos equivocados y rectifique sus conclusiones, teniendo en cuenta que el escándalo a los más pequeños clama al Cielo (cf. Lc 17, 2).

Ello no obstante, nuestra repulsa no nos movería a escribir estas líneas, que seguramente podrían redactarse con mayor solvencia por personas mejor preparadas, sino fuera porque el autor del texto irreverente que impugnamos, en su atrevimiento, todavía alude con argucias al caso de San Maximiliano María Kolbe[6], como otro seguidor de la “eutanasia activa” que Cristo se habría aplicado en la Cruz. Así, tan extraviado autor identifica el ofrecimiento de la propia persona del santo franciscano polaco para salvar a otro compañero del campo de concentración de Auschwitz como una forma de eutanasia voluntaria, ya que equivalía, en su asombrosa percepción, a disponer libremente de su misma vida.

 

Dr. Miquel Bordas Prószynski
Vicepresidente del Centro Internacional de la Milicia de la Inmaculada
Presidente del Centro Nacional en España de la Milicia de la Inmaculada

(Continuará).

Kolbe enfermería

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2280.

[2] Ibíd., nº 2277.

[3] Ibíd.

[4] http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/september/documents/papa-francesco_20190902_aiom.html.

[5] http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/september/documents/papa-francesco_20190920_medici.html.

[6] Transcribimos íntegro el fragmento en cuestión: “¿Defraudó al Evangelio el franciscano Maximiliano Kolbe, al ofrecerse voluntariamente a sustituir al padre de familia con hijos, condenado en Auschwitz a morir de hambre? ¡Juan Pablo II lo canonizó! Esta incongruencia romana de canonizar en Kolbe ‒que ni siquiera estaba en situación terminal‒ lo condenado en la eutanasia voluntaria, sólo es muestra de las tantas producidas a lo largo de la historia.”

Dar la vida como Cristo y San Maximiliano Kolbe: a propósito de una pretendida “eutanasia” evangélica (I)

1. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Con esta cita evangélica (Jn 15, 13) empezó San Juan Pablo II su homilía en la misa de canonización de San Maximiliano María Kolbe el 10 de octubre de 1982[1]. Citó también la primera carta de San Juan: “en esto hemos conocido el amor, en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos” (1 Jn 3, 16).

JPII canonizacion Kolbe

En un reciente artículo publicado en un conocido portal de información religiosa, su autor –dedicado a promover desde hace tiempo en sus textos la subversión de la Tradición de la Iglesia Católica, en línea con lo que desde hace dos mil años demanda el espíritu de este Mundo- postula en esta ocasión la aceptación de la eutanasia voluntaria (y, por extensión, del suicidio asistido) por parte del Magisterio, so pretexto de supuestas exigencias evangélicas[2]. Para hacerlo, movido por la sospecha y el disentimiento, ese autor pretende relativizar o diluir el contenido doctrinal de la enseñanza “oficial” de la Iglesia, como habría sucedido para el autor con el caso de la cremación o incineración de los cadáveres (práctica que habría estado prohibida severamente y sin excepciones hasta no hace tanto tiempo en el Derecho canónico, habiéndose permitido en la actualidad bajo ciertas condiciones[3]). Para ello, en lugar de buscar una comprensión de las cuestiones a partir de lo que se ha llamado la evolución homogénea del dogma en consonancia con el sentir de la Iglesia[4], el autor recurre a un argumento sociológico, motivado por una sedicente “opinión pública” cristiana, para forzar la reinterpretación de cualquier verdad incómoda que integre el depósito de la fe revelada, hasta su derogación, según y cuando convenga al spiritus mundi. Todo ello para concluir falazmente que, en particular, la eutanasia no se opone al cristianismo y que, según espera ese autor, llegará el día en que la fuerza del progreso de la conciencia social obligará al Magisterio de la Iglesia a aceptar la licitud de la eutanasia activa.

Para reforzar su desenfocada y errante tesis, sin ningún apoyo en la ciencia médica, en lo que sólo puede tildarse de inculta pedantería, el autor llega a invocar la misma conducta de Jesús, el cual, en un alarde de autodeterminación, habría dispuesto voluntariamente de su vida, abreviándola manifiestamente, en la Cruz. Olvida que Cristo subió al Madero cargando nuestros pecados y, con ellos, el sufrimiento de toda la Humanidad. Por otra parte, para redargüir las confusiones del autor aquí nos asiste la Veritatis Splendor de San Juan Pablo II, hoy más actual que nunca para defender la universalidad y la inmutabilidad de la Ley moral: “el origen y el fundamento del deber de respetar absolutamente la vida humana están en la dignidad propia de la persona y no simplemente en el instinto natural de conservar la propia vida física. De este modo, la vida humana, por ser un bien fundamental del hombre, adquiere un significado moral en relación con el bien de la persona que siempre debe ser afirmada por sí misma: mientras siempre es moralmente ilícito matar un ser humano inocente, puede ser lícito, loable e incluso obligatorio dar la propia vida (cf. Jn 15, 13) por amor al prójimo o para dar testimonio de la verdad”[5].

Por ello, nos preguntamos asombrados ante las afirmaciones tan temerarias del autor: ¿qué tiene que ver esta entrega excelsa de la vida por el prójimo, como la de Nuestro Señor, con un acto (del ámbito de la medicina) respecto de un paciente en una situación más o menos irreversible, como la eutanasia? Conviene recordar aquí la definición de eutanasia de la Organización Mundial de la Salud (OMS) como aquella “acción del médico que provoca deliberadamente la muerte del paciente”, enmarcada en principio en un cuadro de padecimiento del paciente. De forma similar, la Asociación Médica Mundial (AMM) definió en 2013 la eutanasia como “el acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente”. En cuanto tal, según la AMM, aunque sea por voluntad propia o a petición de sus familiares es contraria a la ética. Ello no impide al médico respetar el deseo del paciente de dejar que el proceso natural de la muerte siga su curso en la fase terminal de su enfermedad[6]. En nuestro país, el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos, en una declaración adoptada el 21 de mayo de 2018, entre otras cosas señaló: “(…) 3.- El médico nunca provocará intencionadamente la muerte de ningún paciente, ni siquiera en caso de petición expresa por parte de éste. 4.- El médico está obligado a atender las peticiones del paciente reflejadas en el documento de voluntades anticipadas, a no ser que vayan contra la buena práctica médica”.

Es claro, por consiguiente, que el rechazo a la eutanasia no es una arbitrariedad del Magisterio de la Iglesia[7], sino que se trata de una práctica que la comunidad médica, desde el juramento hipocrático[8], siempre ha reprobado como contraria a los principios más elementales de la deontología profesional. En la recientísima Declaración conjunta de las religiones monoteístas abrahámicas sobre las cuestiones finales de la vida sus firmantes manifestaban que se oponen a cualquier forma de eutanasia, así como al suicidio asistido “porque contradicen fundamentalmente el valor inalienable de la vida humana y, por lo tanto, son actos equivocados desde el punto de vista moral y religioso, y deberían prohibirse sin excepciones”.

Por tanto, en la eutanasia estamos hablando de un acto “médico”, que exige la acción de un tercero (el facultativo) para conseguir su finalidad y, en principio, en una situación concreta, de enfermedad terminal o sufrimiento extremo e incoercible.

En cambio, para el autor del artículo que censuramos, el enfermo o incapaz y, en realidad cualquier persona, podrían estar legitimados o incluso moralmente obligados a poner fin a su vida o reclamar de otros la ejecución del fin de la misma –su propia muerte- “una vez llegado a situación irreversible de imposibilidad de hacer a otros bien alguno” o, simplemente, para evitar ser una carga para los demás. En definitiva, cualquier motivación subjetiva que fuera sincera sería válida y no objetable para ejercer el derecho absoluto e irreversible de la autodeterminación personal (autodeterminación entendida como un valor absoluto, aunque suponga la propia desaparición del sujeto), revestida, es claro, de autocompasión: ya que uno no puede darse la vida a sí mismo, al menos puede y, por tanto, debe quitársela. ¿Qué mal hace al prójimo la eutanasia activa? – se pregunta retóricamente el autor, amparándose sofísticamente, sin citarlo, en el principio clásico de alterum non laedere, olvidando que –en el plano natural- el hombre es un ser social, puesto que vive en sociedad y no se debe sólo a sí mismo, sino que la dignidad humana es un valor intrínseco indisponible, que no depende de la “calidad” subjetiva de la vida de un individuo. Estamos entrelazados y nuestros actos personalísimos siempre tienen efectos externos. Además, perpetrar la eutanasia exige también que sea un tercero el que conculque gravemente el quinto mandamiento de la Ley de Dios, inscrito en lo más íntimo de cualquier conciencia humana: “no matarás”[9]. El objeto del non occides se refiere al prójimo, pero también a uno mismo. Por su parte, la pretensión del reconocimiento de un supuesto derecho a la eutanasia de suyo supone que este sea garantizado por toda la comunidad política, o sea el Estado, a través de las respectivas instituciones del sistema de la Seguridad Social o mediante instituciones privadas integradas en el sistema público de salud. Es decir, que el acto homicida sea financiado con cargo a los contribuyentes, queriéndonos hacer cómplices del mismo a todos nosotros. Y no nos engañemos, antes o después, se restringirá el derecho a la objeción de conciencia del personal sanitario que pueda estar involucrado en el tratamiento del paciente que solicite la eutanasia.

 

Dr. Miquel Bordas Prószynski
Vicepresidente del Centro Internacional de la Milicia de la Inmaculada
Presidente del Centro Nacional en España de la Milicia de la Inmaculada

(Continuará).

Cristo Kolbe


[1] Véase la traducción castellana aquí.

[2] En esto resonarían los ecos de una refinada heterodoxia todavía más mefistofélica (en pluma del jesuita Juan Masiá), según la cual la eutanasia –definida eufemísticamente como “dejar morir”- sería una respuesta moral obligada, ya que “dejar morir dignamente no es matar, sino dejar nacer a la vida verdadera” (publicada en el mismo portal de información religiosa). Sin embargo, es de fe creer que tras la muerte hay una vida eterna, lo que entraña también la realidad del juicio, la salvación y la visión beatífica, el purgatorio e incluso la condena eterna en el infierno en caso de uno fallezca en situación de pecado mortal -pecado mortal es el homicidio o el suicidio- rechazando la misericordia divina, sin arrepentirse.

[3] Concretamente, la Instrucción Ad resurgendum cum Christo, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación, de 15 de agosto de 2016, recuerda que ya mediante la Instrucción Piam et constantem del 5 de julio de 1963, el entonces Santo Oficio, estableció que “la Iglesia aconseja vivamente la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos”, pero agregó que la cremación no es “contraria a ninguna verdad natural o sobrenatural” y que no se les negaran los sacramentos y los funerales a los que habían solicitado ser cremados, siempre que esta opción no obedezca a la “negación de los dogmas cristianos o por odio contra la religión católica y la Iglesia”. No se trataba, pues, de una cuestión correspondiente a un orden de fe o moral, sino de disciplina eclesiástica.

[4] Según lo enseñado desde la época de los Padres de la Iglesia y, en especial, por San Vicente de Lerins en su Conminatorio, fijando el criterio de la enseñanza fundamental que los cristianos han de creer: quod semper, quod ubique, quod ab omnibus creditum est (sólo y todo cuanto fue creído siempre, por todos y en todas partes). A este respecto, la Encíclica Veritatis Splendor de San Juan Pablo II aclara en su nº 27: “dentro de la Tradición se desarrolla, con la asistencia del Espíritu Santo, la interpretación auténtica de la ley del Señor. El mismo Espíritu, que está en el origen de la Revelación, de los mandamientos y de las enseñanzas de Jesús, garantiza que sean custodiados santamente, expuestos fielmente y aplicados correctamente en el correr de los tiempos y las circunstancias. Esta actualización de los mandamientos es signo y fruto de una penetración más profunda de la Revelación y de una comprensión de las nuevas situaciones históricas y culturales bajo la luz de la fe. Sin embargo, aquélla no puede más que confirmar la validez permanente de la revelación e insertarse en la estela de la interpretación que de ella da la gran tradición de enseñanzas y vida de la Iglesia, de lo cual son testigos la doctrina de los Padres, la vida de los santos, la liturgia de la Iglesia y la enseñanza del Magisterio”. A este respecto, véase también el Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana de San Juan Enrique Newman, canonizado el pasado 13 de octubre de 2019, que le llevó a abrazar el catolicismo.

[5] Nº 50.

[6] Véase la Resolución adoptada por la 53ª de la Asamblea General de la AMM, Washington, mayo 2002 y reafirmada con una revisión menor por la 194ª Sesión del Consejo, Bali, Indonesia, abril 2013. Esta resolución recuerda la Declaración de la AMM sobre Eutanasia, adoptada por la 38ª Asamblea Médica Mundial, Madrid, España, octubre 1987 y reafirmada por la 170ª Sesión del Consejo, Divonne les Bains, Francia, mayo 2005.

[7] La Encíclica Evangelium Vitae analizaba admirablemente en su nº 15 -en 1995- la extensión de una mentalidad favorable a la eutanasia: “en un contexto social y cultural que, haciendo más difícil afrontar y soportar el sufrimiento, agudiza la tentación de resolver el problema del sufrimiento eliminándolo en su raíz, anticipando la muerte al momento considerado como más oportuno”.

[8] “(…) Me serviré, según mi capacidad y mi criterio, del régimen que tienda al beneficio de los enfermos, pero me abstendré de cuanto lleve consigo perjuicio o afán de dañar. Y no daré ninguna droga letal a nadie, aunque me la pidan, ni sugeriré un tal uso, y del mismo modo, tampoco a ninguna mujer daré pesario abortivo, sino que, a lo largo de mi vida, ejerceré mi arte pura y santamente”. Ciertamente, no hay que olvidar que la deontología médica actualmente tampoco se halla exenta de fuertes presiones ideológicas y legislativas para redefinir estos principios fundamentales hacia fórmulas antitéticas con los mismos, bajo confusas alegaciones a la autonomía del paciente, considerada en términos absolutos, o a la proscripción del paternalismo médico.

[9] Ese quinto mandamiento, a la luz de la profundización del sentido de la inviolabilidad y dignidad de la vida humana, ha llevado a que la Iglesia haya declarado recientemente que, en ningún caso, la pena de muerte podría ser admisible. Véase el Rescripto del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe “ex Audentia SS.mi”, de 02.08.2018, que dio nueva redacción al punto 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica.

Triduo a San Maximiliano Kolbe - 3er dia

Triduo a San Maximiliano María Kolbe
 
Tercer día: Sí a los hermanos


La vida y la muerte de san Maximiliano Kolbe son una realización de las palabras de Jesús, según el Evangelio.

Del Evangelio según San Juan (15, 13-16)

“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero”.


Silencio orante

De los Escritos del Padre Kolbe
"Cuando el fuego del amor se enciende no puede encontrar lugar en el límite del corazón... Entonces se irradia hacia fuera, incendia, devora, atrapa a otros corazones... Conquista muchas almas."

Reflexión: Cada uno de nosotros estamos llamados a descubrir la manera con la cual Dios quiere que entreguemos nuestra vida. Descubrir esto, significa descubrir nuestra felicidad y la de nuestros hermanos. Dar la vida como Cristo la dio por nosotros. También nosotros, como Padre Kolbe en su tiempo, queremos ser pan de vida para nuestros hermanos como Cristo es Pan de vida para la Iglesia.


Consagración diaria a la Inmaculada
Padre Nuestro, Ave María y Gloria

Triduo a San Maximiliano Kolbe - 2º dia

Segundo día: Sí a María

 


 

Acercándonos al Padre Kolbe nos sentimos atrapados por su comunión con la Virgen, que se expresa en su consagración a Ella, es decir en su entrega sin límites a Ella y en su amor apasionado por el hombre.

Del Evangelio según San Juan (19, 25–27)

“Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa”.

Silencio orante

De los Escritos del Padre Kolbe
"Que la vida de la Inmaculada se arraigue en nosotros cada vez más profundamente, día tras día, hora tras hora, a cada momento y esto sin límites: ¡Este es nuestro ideal! Que Ella misma ame a Dios con nuestro corazón para pertenecerle totalmente: ¡Este es nuestro ideal! Acercar a Ella muchos hermanos, para que abran sus corazones y Ella reine en todos y en todo lugar, sin distinción de raza, de nacionalidad, de idioma. Que reine en el corazón de todos los hombres que vivirán en todo tiempo y hasta el fin del mundo: ¡Este es nuestro ideal!"

 

Consagración diaria a la Inmaculada
Padre Nuestro, Ave María y Gloria

 

Triduo a San Maximiliano Kolbe - 1er dia

El próximo dia 14, víspera de la fiesta de la Asunción de nuestra Madre al cielo, toda la Iglesia universal celebrará con alegría la fiesta de San Maximiliano María Kolbe, nuestro buen P. Kolbe y fundador de la Milicia de la Inmaculada.

Para prepararnos bien a su fiesta celebremos juntos el triduo en su honor.

Gracias a nuestras queridas hermanas Misioneras de la Inmaculada del Padre Kolbe os proponemos el material que desde su congregación han preparado para celebrar el triduo.

 

Ofrecemos el primer dia del triduo para esperar al dia 14 con el corazón bien dispuesto y preparado.

Primer día: Sí a Cristo

- Con gran alegría te alabamos, te damos gracias y te adoramos, Señor Dios nuestro, porque tu eres Padre, Hijo Unico y Espíritu Santo.
- Te cantamos, te bendecimos por la admirable cantidad de santos que a lo largo de los siglos suscitaste en tu santa Iglesia.
- En estos últimos tiempos suscitaste a tu siervo san Maximiliano Kolbe, fiel seguidor del Evangelio y apasionado apóstol de María Inmaculada. Por medio de él llamaste a muchos a seguir a tu Hijo y diste la esperanza, haciendo florecer la vida de entre las cenizas del odio y de la muerte.
- Te adoramos, te damos gracias y te alabamos Señor, porque nos amaste desde siempre con amor eterno. Amén.

Lectura del Libro del profeta Isaías (43,1.4a)
"Y ahora, así habla el Señor, el que te creó, Jacob, el que te formó, Israel: No temas, porque yo te he redimido, te he llamado por nombre, tú me perteneces.
Porque tú eres de gran precio a mis ojos, porque eres valioso, y yo te amo."


Silencio orante

De los Escritos de san Maximiliano (EK 1145)
"¿Quién se atrevería a suponer que tú, oh Dios infinito y eterno, me amaste desde siglos, más aún, antes de los siglos? Aunque yo no existía todavía, tú me amabas ya y, justamente por el hecho que me amabas me llamaste de la nada a la existencia...
Para mí creaste los cielos tachonados de estrellas, para mí la tierra, los mares, los montes, los rías y muchas cosas hermosas que hay sobre la tierra...
Sin embargo esto no te bastaba. Para mostrarme de cerca que me amabas con tanta ternura, bajaste del Cielo a esta tierra llena de lágrimas, llevaste una vida de pobreza, fatigas y sufrimientos y, en fin, despreciado y escarnecido, quisiste ser colgado entre los tormentos en un lúgubre patíbulo... Oh Dios de amor ¡me redimiste de esta manera terrible, pero generosa!
Tu corazón non consintió que yo unicamente debiera nutrirm con los recuerdos de tu ilimitado amor. Permaneciste en esta tierra en el Santísimo Sacramento del Altar y te unes estrechamente a mí bajo forma de alimento... compenetras mi alma, le das fuerza y la alimentas... ¿Quién seatrevería a suponer? ¿Qué podrías darme todavía, oh Dios, después de haberte también ofrecido a mí?"


Consagración diaria a la Inmaculada


Padre Nuestro, Ave María y Gloria

 

 

 

 

A 100 años de la primera misa de San Maximiliano Kolbe

Cerca de la Plaza de España, está la basílica de Sant’ Andrea della Fratte.

Dentro de esta basílica se encuentra el denominado altar de la Madonna del Miraccolo, o comúnmente llamado “Altar del Milagro”. Allí, en 1842, ocurrió el célebre episodio de la conversión tumbativa de Alfonso Ratisbona, quien ante la aparición de la Santísima Virgen, se convirtió instantáneamente al catolicismo.

Fue precisamente en ese altar, donde hace hoy exactamente 100 años, San Maximiliano Kolbe, celebró su primera Eucaristía, ya como sacerdote.

El propio Kolbe en sus escritos nos lo cuenta:

“Por la mañana, el 29, celebré la Santa Misa en el altar

donde La Inmaculada se dignó aparecerse al P. Ratisbone

y además (contra toda esperanza) la Misa [votiva] de la Medalla Milagrosa”

Escritos Kolbianos, apuntes personales, pág 2465.

Hoy en dia, en la propia basílica, se puede contemplar, al lado del cuadro de La Inmaculada, un busto de San Maximiliano que conmemora este momento de su primera Eucaristía:

 

Si ayer conmemoramos que San Maximiliano Kolbe se ordenó sacerdote hace 100 años; hoy, hizo un siglo que San Maximiliano empezó a ejercer como tal.

En la estampita conmemorativa con motivo su primera misa se pudo leer:

“¿Quién soy yo señor,

para que tú me hayas concedido,

llegar hasta este punto?”

2Sam 7, 18

“Mi Dios y mi todo”.

Rogamos la intercesión de San Maximiliano Kolbe, sacerdote de Cristo por siempre, que interceda para que el Señor suscite nuevas vocaciones al sacerdocio en la Iglesia.

 

 

No olvidéis el amor

Transcribimos el artículo de nuestro Asistente Nacional, Fr. Abel García-Cezón OFMConv, sobre el holocausto San Maximiliano Kolbe en Auschwitz, publicado en el número de septiembre de 2017 de la revista Antena Conventual.

“NO OLVIDÉIS EL AMOR”

St. Maximilian Kolbe

Hay vidas e historias memorables a las que merece la pena volver con frecuencia, porque sugieren pequeñas o grandes victorias del amor sobre el miedo, el odio y la sinrazón cuando todo parecía perdido. Sin duda, una de ellas es la del padre Maximiliano María Kolbe, franciscano conventual polaco, fundador de la Milicia de la Inmaculada (Asociación Internacional de Fieles Católicospresente en 46 países, también en España) y de varias “Ciudades de la Inmaculada”, entre ellas Niepokalanów, cerca de Varsovia, con más de 700 frailes entregados al trabajo apostólico utilizando los medios más modernos: prensa, radio, cine… El 14 de agosto de 1941 moría en el campo de concentración de Auschwitz, donde había llegado el 28 de mayo de ese mismo año tras haber pasado varios meses entre torturas y palizas de la Gestapo en la cárcel Pawiak de Varsovia, lugar que “hacía helar la sangre”. Cuando llega al campo se le asigna el número 16.670, desempeñando, como casi todos los sacerdotes católicos, los trabajos más duros a nivel moral, como, por ejemplo, sacar los cuerpos de las cámaras de gas y llevarlos en carretillas a los hornos.

La historia es bien conocida. A finales de julio un prisionero se escapa del campo. Como represalia, el temible comandante Fritsch elige al azar diez compañeros del mismo bloque, condenándolos a morir de hambre y de sed. En medio del estupor de todos los prisioneros y hasta de los mismos nazis, el padre Maximiliano se ofrece a sustituir a uno de los condenados, el sargento polaco Francisco Gajowniczek: “Soy un sacerdote católico, estoy ya viejo. Querría ocupar el puesto de ese hombre que tiene esposa e hijos”. Gestos como este, según supervivientes de los campos, no abundaban.  

La caravana de la muerte se pone en marcha. El padre Maximiliano desciende con los otros nueve prisioneros al sótano del bloque 11, “la prisión dentro de la prisión”, donde se aplicaban los castigos más infames. Comienza la lenta agonía, pero esta vez algo no cuadra… En aquella celda, tal y como contaron los guardias, no se escuchaban gritos desgarradores de desesperación y de dolor como otras veces, sino cantos de alabanza, palabras de consuelo, susurros de oraciones. Entre los horrores infernales de Auschwitz, paradigma de todo sistema de desprecio y de odio hacia el hombre y hacia lo que de divino existe en él (Juan Pablo II), brilló una llama de amor, una luz de esperanza y la grandeza de una vocación que llegaba a su culmen como había nacido: bajo el cobijo de la Inmaculada Madre de Dios. Los días pasan y el padre Kolbe, a pesar de su maltrecha salud, permanece inquebrantable al pie de la cruz, junto a su querida Madre del cielo. Había llegado el momento de ceñirse la corona roja que Ella le había ofrecido siendo niño. Uno tras otro los prisioneros fallecen, consolados, abrazados y bendecidos por un santo. Finalmente, el 14 de agosto, una inyección de ácido fénico termina con su vida terrena. Al día siguiente, su cuerpo es quemado en el horno y sus cenizas esparcidas al viento. Humanamente hablando: Un rotundo fracaso, una derrota del mal sobre el bien. Sin embargo, el padre Kolbe no murió, “dio la vida por el hermano”, como afirmó el Papa san Juan Pablo II en su canonización. O en palabras de Kierkegaard, “el tirano muere y su reino termina; el mártir muere y su reino comienza”.

El amor vence. Vence siempre. Es así que comprendemos la muerte de san Maximiliano María Kolbe, mártir de la caridad, es decir, ¡testigo del amor más grande! “No olvidéis el amor”, había dicho a sus hermanos antes de dejar Niepokalanów camino de la prisión. Acosado, sí, pero no desesperado; perseguido, sí, pero no abandonado; derribado, sí, pero no vencido  (cf. 2Corintios 4, 7), porque entregó su vida por amor. Y “el amor es más fuerte que la muerte” (Cant 8, 6). 

Novena a San Maximiliano Kolbe 2017 - 9° dia

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

¡Señor mío, Jesucristo! Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser Vos quien sois, Bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.

Oración para todos los días

Oh San Maximiliano María, fidelísimo imitador del Pobrecito de Asís, que inflamado del amor de Dios viviste practicando asiduamente las virtudes heroicas y las santas obras de apostolado, dirige tu mirada sobre nosotros tus devotos que confiamos en tu intercesión.

Tú que, aureolado por la luz de la Virgen Inmaculada atrajiste a innumerables almas a la santidad, llevándolas también bajo toda forma de apostolado hacia el triunfo del bien y la dilatación del Reino de Dios, alcánzanos luz y fuerza para obrar el bien y llevar muchas almas al amor de Dios.

Tú que, en perfecta conformidad con el Divino Salvador, llegaste a tan alto grado de caridad hasta ofrecer, en sublime testimonio de amor, tu vida para salvar la de un pobre prisionero, alcánzanos del Señor la gracia de que, animados por el mismo ardor de caridad, podamos también nosotros con la fe y con las obras dar testimonio de Cristo a nuestros hermanos, para llegar contigo a la posesión beatifica de Dios en la luz de la gloria. Amén.

Noveno día: Kolbe, un proyecto de vida.

Se busca un joven…

Que tenga capacidad de relación humana e inquietud cristiana, ilusionado por la vida y con ganas de compartir en actitud abierta, gozosa y comprometida, el don de la fe cristiana.

Que quiera se protagonista de su vida:

Con valentía
Con originalidad
Con profundidad
Con responsabilidad
Con ilusión
Sin complejos


Que desee experimentar cómo se vive en nuestros Centro Educativos de orientación vocacional esa inquietud cristiana y de entrega que tanto le preocupa y esté dispuesto a trabajar en su proceso formativo de cara a una futura opción libre, responsable y firme.

Que se portador de vida y esperanza con estilo nuevo, para eso es joven aceptando vivir en familia la triple dimensión de fe, trabajo y expansión:

Si eres tú, mi parabién más sincero.
Si lo conoces o encuentras, ayúdale.
Cristo y sus hermanos, los hombres contamos con él.

Gozos

- Testigo de amor Rosal en flor oh mártir santo de Cristo el olor. Corona inmortal de Cristo Jesús, palabras en luz del Cristo total.

- Testigo de la sangre Del hermano derramada, Testigo de libertades Testigo del odio cruel en su misión callada, canto y cielo en los labios de un alma fiel, inmolada.

- Testigo del dolor al acercarse la muerte, al guarda dice: ¡detente! verás al cambiar la suerte de este hombre que es padre, reunirse con sus hijos y con ella que es su madre.

- Testigo del cansancio de una vida inmolada, a golpe del Evangelio y al golpe de la espada. Tu vida por otra vida tu amor por otro amor ganancia para el cielo del mártir el galardón.

- Espíritu sublime oh mártir glorioso feliz morador de la inmortal Sión ruega por los que luchan en las batallas recias que alcancen la victoria y eterno galardón.

- Oh mártir glorioso de roja vestidura que brilla con eterno fulgor ante Dios; intercede por el hombre que lucha con tesón a obtener de la gracia el más divino don.

- Palabra del Señor ya rubricada en la vida del mártir ofrecida, como prueba fiel de que la espada no puede ya truncar la fe vivida. Fuente de fe y de luz es su memoria coraje para el justo en la batalla del bien, de la verdad, siempre victoria que, en vida y muerte, el justo en Cristo halla.

Oración final

"Dios, fortaleza de los mártires, que al presbiterio y mártir San Maximiliano María Kolbe, encendido en el amor de la Inmaculada Virgen María, lo llenaste de celo por las almas y de amor con el prójimo; por su intercesión concédenos que trabajando con entusiasmo por difundir tu gloria en el servicio de nuestros hermanos, podamos llegar hasta la muerte a asemejarnos a tu Hijo, Jesucristo que vive Contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén".